Han pasado 45 años desde que Chihuahua fue testigo de un trágico accidente.
El 27 de julio de 1981, lo que debía ser un aterrizaje rutinario para el vuelo 230 de Aeroméxico se convirtió en una tragedia que marcó para siempre la memoria de los chihuahuenses.
El avión, un McDonnell Douglas DC-9-32, “Yucatán”, cubría una ruta nacional desde Monterrey con escalas programadas en Chihuahua, Hermosillo y Tijuana.
Bajo el mando del capitán Víctor Manuel Ortigosa Mora, el vuelo de aproximadamente una hora y media transcurrió con tranquilidad, sin embargo, al acercarse a la capital chihuahuense, una tormenta, granizo y ráfagas de viento violentas provocaron un trágico accidente
El terror del vuelo 230: Se cumplen 45 años del accidente aéreo que dejó 32 muertos en Chihuahua
Tras el accidente, las investigaciones iniciales generaron una fuerte controversia al señalar un posible error de juicio del capitán
Han pasado 45 años desde que Chihuahua fue testigo de un trágico accidente. El 27 de julio de 1981, lo que debía ser un aterrizaje rutinario para el vuelo 230 de Aeroméxico se convirtió en una tragedia que marcó para siempre la memoria de los chihuahuenses.
El avión, un McDonnell Douglas DC-9-32, “Yucatán”, cubría una ruta nacional desde Monterrey con escalas programadas en Chihuahua, Hermosillo y Tijuana.
Bajo el mando del capitán Víctor Manuel Ortigosa Mora, el vuelo de aproximadamente una hora y media transcurrió con tranquilidad, sin embargo, al acercarse a la capital chihuahuense, una tormenta, granizo y ráfagas de viento violentas provocaron un trágico accidente.
Minutos de terror en la pista: el impacto del “Yucatán”
A pesar de que la torre de control advirtió sobre las condiciones climaticas, la tripulación decidió proceder con el descenso.
Al intentar tocar tierra a las 16:28 horas, el avión fue golpeado por una fuerte corriente que lo hizo rebotar violentamente sobre el pavimento.
Este primer contacto inestable provocó la pérdida total del control; la aeronave se desalineó del eje de la pista, salió de la zona de rodamiento y terminó impactando contra una zanja, lo que ocasionó que el fuselaje se partiera en dos partes.
El avión volcó y fue envuelto por un incendio de gran magnitud alimentado por el combustible derramado. El fuego y el humo negro dominaban el paisaje bajo una lluvia torrencial.
El interior de la cabina se convirtió rápidamente en una trampa de humo para quienes quedaron atrapados entre los restos del DC-9.
Los servicios de emergencia aeroportuaria y cuerpos de bomberos se desplegaron de inmediato, trabajando bajo condiciones climáticas adversas para rescatar a los sobrevivientes que lograban salir por sus propios medios o con ayuda.
El saldo final de la catástrofe fue de 32 fallecidos, entre ellos 30 pasajeros y dos miembros de la tripulación, mientras que 34 ocupantes lograron sobrevivir con diversas lesiones.
Las investigaciones determinaron que la mayoría de las muertes fueron causadas por la inhalación de humo y quemaduras, y no por el impacto inicial del accidente.
Tras el accidente, las investigaciones iniciales generaron una fuerte controversia al señalar un posible error de juicio del capitán por no haber esperado a que el clima mejorara.
Se confrontó a los pilotos con las grabaciones de la cabina para determinar por qué decidieron aterrizar a pesar de las alertas de ráfagas peligrosas y visibilidad reducida.
No obstante, esto fue duramente cuestionado por sobrevivientes de la tripulación, quienes sostuvieron que el fenómeno meteorológico fue lo suficientemente violento como para superar cualquier maniobra de compensación.
A pesar de los señalamientos mediáticos de la época, tanto el capitán Ortigosa Mora como el primer oficial Enríquez Marines fueron eventualmente exonerados de responsabilidad penal por el accidente.
Ambos continuaron sus carreras profesionales en la misma aerolínea hasta alcanzar su jubilación, recibiendo incluso reconocimientos por su trayectoria a lo largo de los años.